Amelia,
dura, fría e imperturbable, tenía un único plan esa noche: Conduciría su
combie, sin una ruta fija, hasta ver salir el sol sin pensar una sola vez en lo
recientemente ocurrido.
Con lo que
Amelia no contaba, era con que su combie no tenía el tanque lleno y con que
esta se detendría sin aviso alguno,a eso de las tres de la madrugada y justo
frente a una gasolinera. ¿Coincidencia?, a Amelia solo le pareció que el
destino solía tener un conveniente sentido del humor.
Dejo caer
su cabeza contra el volante, haciendo sonar el clac son durante ocho segundos
que parecieron interminables para los oídos de la chica.
Frustrada.
¿De qué
clase de poder osaba la maldita camioneta para frustrar sus bellos planes?. La
vieja bestia de metal resultaba en una traidora; nunca antes, en todas las
veces que había huido con ella, se había sentido con el poder de detenerse
cuando quisiera.
¿Ahora como
se iba a sedar?, la única cosa en todo el mundo, con la fuerza necesaria para
evitar que Amelia llorará como la niñita que evitaba – a toda costa – ser, era
manejar durante toda la noche sin descanso, oyendo bien alto la radio, era lo
único que lograba distraer sus pensamientos de cualquier hecho reciente que la
hubiera llevado a escapar.
Suspiro y
finalmente levanto la cabeza. Miro pesadamente hacía la gasolinera y se encontró
con una difícil decisión: Podía llenar el tanque o... podía pasar el resto de
la madrugada en la cafetería.
“Bendito
local…¡No hay una sola gasolinera sin una cafetería! ¡Ni una sola!”. Pensó,
entre furiosa y divertida…moría de hambre.
Apago la
radio y encendió la luz. Sabía que su monedero estaba por ahí, quizás en el
suelo o tal vez bajo su asiento. Cuando finalmente lo encontró en el asiento de
al lado, escondido bajo su suéter, lo tomó y bajo rápidamente de la camioneta
dando un azoton a la puerta.
Era una cafetería
de esas que abren las veinticuatro horas y tenía una campanilla en la puerta
para que sonara cada vez que entraba –o salía- un nuevo cliente.
Como era de
esperarse a esa hora, la cafetería estaba vacía, salvo por una mesera detrás d
la barra y un hombre con gorra solo en una mesa.
A Amelia le
resulto algo incómodo entrar al lugar.
El silencio
caía sobre las mesas de un modo extraño, pues había, a decir verdad, bastante
ruido para ser una cafetería en medio de la carretera a las 3:00 am. Sonaban
una televisión y un radio, ambos a todo volumen.
Camino
despacio hacia el mostrador, haciendo su mayor esfuerzo por evitar hacer ruido
con sus pasos.
-Un café
por favor – dijo casi en un susurro a la mesera.
-En
seguida, cariño – dijo la mujer.
Amelia miro
hacía el hombre de gorra que extrañamente no quitaba la vista del televisor que
colgaba de la pared, estaba mirando ‘Bambi’.
-Ah estado
aquí toda la noche, vino con una chica, pero… - dijo la mesera en un susurro y
entregándole a Amelia su café.
Amelia
asintió a modo de querer decir ‘’entiendo’’ y dio un pequeño sorbo a su café.
-¿Se te apetece
algo más, cariño? – pregunto la mujer, cuya pequeña identificación decía:
Gladis.
-No por
ahora…Gladis – le contesto sonriente.
Paso una
hora y ‘Bambi’ ya había acabado.