domingo, 10 de junio de 2012

La Cafeteria.


Amelia, dura, fría e imperturbable, tenía un único plan esa noche: Conduciría su combie, sin una ruta fija, hasta ver salir el sol sin pensar una sola vez en lo recientemente ocurrido.
Con lo que Amelia no contaba, era con que su combie no tenía el tanque lleno y con que esta se detendría sin aviso alguno,a eso de las tres de la madrugada y justo frente a una gasolinera. ¿Coincidencia?, a Amelia solo le pareció que el destino solía tener un conveniente sentido del humor.
Dejo caer su cabeza contra el volante, haciendo sonar el clac son durante ocho segundos que parecieron interminables para los oídos de la chica.
Frustrada.
¿De qué clase de poder osaba la maldita camioneta para frustrar sus bellos planes?. La vieja bestia de metal resultaba en una traidora; nunca antes, en todas las veces que había huido con ella, se había sentido con el poder de detenerse cuando quisiera.
¿Ahora como se iba a sedar?, la única cosa en todo el mundo, con la fuerza necesaria para evitar que Amelia llorará como la niñita que evitaba – a toda costa – ser, era manejar durante toda la noche sin descanso, oyendo bien alto la radio, era lo único que lograba distraer sus pensamientos de cualquier hecho reciente que la hubiera llevado a escapar.
Suspiro y finalmente levanto la cabeza. Miro pesadamente hacía la gasolinera y se encontró con una difícil decisión: Podía llenar el tanque o... podía pasar el resto de la madrugada en la cafetería.
“Bendito local…¡No hay una sola gasolinera sin una cafetería! ¡Ni una sola!”. Pensó, entre furiosa y divertida…moría de hambre.
Apago la radio y encendió la luz. Sabía que su monedero estaba por ahí, quizás en el suelo o tal vez bajo su asiento. Cuando finalmente lo encontró en el asiento de al lado, escondido bajo su suéter, lo tomó y bajo rápidamente de la camioneta dando un azoton a la puerta.
Era una cafetería de esas que abren las veinticuatro horas y tenía una campanilla en la puerta para que sonara cada vez que entraba –o salía- un nuevo cliente.
Como era de esperarse a esa hora, la cafetería estaba vacía, salvo por una mesera detrás d la barra y un hombre con gorra solo en una mesa.
A Amelia le resulto algo incómodo entrar al lugar.
El silencio caía sobre las mesas de un modo extraño, pues había, a decir verdad, bastante ruido para ser una cafetería en medio de la carretera a las 3:00 am. Sonaban una televisión y un radio, ambos a todo volumen.
Camino despacio hacia el mostrador, haciendo su mayor esfuerzo por evitar hacer ruido con sus pasos.
-Un café por favor – dijo casi en un susurro a la mesera.
-En seguida, cariño – dijo la mujer.
Amelia miro hacía el hombre de gorra que extrañamente no quitaba la vista del televisor que colgaba de la pared, estaba mirando ‘Bambi’.
-Ah estado aquí toda la noche, vino con una chica, pero… - dijo la mesera en un susurro y entregándole a Amelia su café.
Amelia asintió a modo de querer decir ‘’entiendo’’ y dio un pequeño sorbo a su café.
-¿Se te apetece algo más, cariño? – pregunto la mujer, cuya pequeña identificación decía: Gladis.
-No por ahora…Gladis – le contesto sonriente.
Paso una hora y ‘Bambi’ ya había acabado.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Irse.


El sol estaba a unos minutos de perderse por completo, una figura delgada salió de la casa llevando consigo una maleta, cruzó todo el patio hasta llegar a una pequeña cerca de madera y justo cuando salía por la pequeña puerta de madera, una figura un tanto más robusta salió corriendo tras la primera.
-¡Vuelve! ¡De aquí no te irás! – grito la mujer enojada.
La chica rió y dijo sin la mínima preocupación: “Como si no hubiera oído eso antes”.
Abrió la puerta de una combie que estaba estacionada frente a la cerca y arrojo dentro la maleta, luego volvió a entrar a la casa y salió de nuevo llevando tres maletas más consigo. La mujer aún intentaba detenerla con gritos  y tirando de la ropa de la chica.
Cerró la puerta de madera lo más fuerte que pudo y subió a la camioneta. Encendió el motor, arranco, encendió la radio y subió todo el volumen, llevaba ya una hora de recorrido cuando bruscamente dio la vuelta para volver a la casa.
-¿A qué regresas?, ¡No volverás a entrar en esta casa! – gritaba de nuevo la figura robusta.
-Olvide mi guitarra, mujer.
-¡Me importa un carajo!
-Ok. Entrare por ella.
Y en tan solo dos minutos estaba de vuelta en camino por la carretera, con la radio encendida, dispuesta a manejar toda la noche hasta encontrar una nueva ciudad, con gente nueva, una vida nueva.
Era lo que sabía hacer. Irse. Lo hacía cada vez que parecía que en algún lugar ya no quedaba otra cosa más para ella, las cosas eran así desde que a sus ocho años,  su padre se había marchado en una camioneta negra, lejos de ella y de su madre, rumbo a algo nuevo, según lo que él había dicho.
Y desde ese momento ella no conoció una solución mejor. Cuando sus amigas dejaban de hablarle, ella se cambiaba de escuela; cuando algún chico la abandonaba en el baile de la escuela, ella echaba a correr hacía el parque, o bosque, cualquier otro lugar estaba bien mientras que tuviera algo ‘’nuevo’’, para ella era suficiente.
Y ahí estaba de nuevo, envuelta en la misma situación de no tener nada e ir en busca de algo, pero no pensaba en ello, solo disfrutaba el camino…